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Friday, June 7, 2013

Para Después


Nada peor que se queme el bombillo de la lámpara en tu mesa de noche. Te dará demasiada flojera cambiarla. A la mañana siguiente te acordarás pero dirás que en la noche traerás el repuesto. Eso lo olvidarás completamente hasta que te acuestas ya empijamado con un buen libro entre las sábanas y le das al botón de la lámpara. Olvida el libro. Es demasiado tarde para hacer algo al respecto.

Pasa igual con la pasta de dientes, la afeitadora, el desodorante, y la pila del control remoto. Por alguna razón te niegas a admitir que todos éstos consumibles deben morir. Con una pasada o una apretada más dura insistes en sacarle un último aire de vida. Tan solo por este momento y después lo sustituyes, pero si colaborara en este momento el día sería perfecto.

La señal de Internet es otra que viene y va. Y cada semana te ves obligado a resetear el router y esperar largos segundos por algo que no entiendes cómo funciona pero que esperas que pase. Por lo menos no es la luz donde otros se tienen que encargar. A ti en ese momento solo te queda la pila del celular. Hasta que esta se va, sin previo aviso, porque ya los celulares se les olvidó la cortesía del Low Bat y ahora se van directo al battery drained.

En la nevera está la jarra de agua que te niegas a llenar y en tu escritorio unos papeles cuyo año ni te acuerdas de haber vivido. La engrapadora no tiene grapas, al teipe no le encuentras la punta y no sabes cómo lo lograste pero si tuvieras que admitir un talento sería el de Coleccionista de Plumas y Bolígrafos que No Escriben Ni que Raye Cinco Circulitos en Un Papel Blanco.

Abres el closet y encuentras que escondido ahí están artefactos heridos que siguen en la sala de espera para ser llevados al hospital. La cámara de películas con el video del viaje aquel; la cámara de fotos que se te cayó en ese otro viaje; y los anteojos con el lente partido. Encima del hospital cuelga esa chaqueta que nunca te quedó; ese pantalón que usaste tanto que le falta el botón que lo cierra; y esa camisa que es medio setentosa-exitosa que algún día te prometes valientemente poner. 

Revisas gavetas y ves recortes de periódicos, artículos en revistas y fotos, esperando ser organizados, catalogados  o sencillamente botados porque la verdad es que una “egóteca” es para gente que ya ha vivido y no para aquellos a los que les falta vivir. Ves diplomas que nunca se enmarcaron, medallas que en algún momento fueron importantes y cartas, cartas, cartas de amores con las que no sabes qué hacer.

Regresas a tu cama donde está el bombillo inservible y ves que en tu celular hay llamadas no contestadas y mensajes sin responder. Abres tu agenda y compruebas que hiciste todo. Pero queda esto, y ah sí es verdad no hice esto, ay la factura, mañana cobro, no mañana no puedo. Quizás lo deje para después.

Apagas el bombillo de la luz central de tu cuarto y cierras los ojos ahí en la oscuridad.  Un “te prometo que muy pronto estaré contigo” baila por tu mente.  Qué ironía, piensas  mientras te hundes en la penumbra. Jamás te has sentido tan para después.-

Saturday, February 6, 2010

Arquetipos

Él es de los que llega al Cielo, ve que hay cola y se colea.-

Monday, August 31, 2009

No hay mujer fácil que se llame María Soledad

“… [S]i bueno ella es medio puta pero es lo máximo”. En el noventa por ciento de los casos en los que uno está hablando de una mujer de morales dudosas, ésa siempre es la quinta frase que se emplea para describirla. Generalmente, sale de la boca de su mejor amiga, seguramente celosa que su amiga es más popular con los hombres, una sexualmente confundida o una perfecta sincera.

Cuando ella –la dudosa- se acerca para ser presentada, ya el saludo no es el mismo. Ella te ve con ojos de felina. Como si ya supiese que tú te estás enterando de ese secretico que todos comentan en la discoteca: le gusta el sexo y no teme esconderse detrás de un velo de novia. Y uno sonríe como veterano de guerra regresando a casa mientras le aprieta la mano. Preguntando cómo demonios eyectar a la mejor amiga del circulo conversatorio para que empiece la noche.

Este tipo de mujer de morales dudosas no es la bruta que se acostó con todo el mundo en el viaje de graduación. Eso es de amateurs. Esta fue la que tuvo un affair con el director del colegio y nadie se enteró. Para la que a los dieciséis años los hombres universitarios no eran una opción; eran un requisito. Un escote como cedula de identidad fue su entrada garantizada a todos los locales de moda. Los guardias de la puerta la llamaban por su nombre de pila. Los que bailaban con ella, “”Ellataconmigo" y los viejos verdes de la barra, “Señorita, le compro un trago.”

Cuando creció no guardó escrúpulos para nadie. Sí, fue la primera que salió con el primero al que le regalaron el carro pero también al intelectual que no le devuelve el beso ni una estampita también se llevó unas caricias. Quizás fue por un reto, quizás nuestra chica estaría aburrida. Lo cierto es que ese nerdito aún se da con la mano pensando en ese momento. Su resumen de conquistas no se mide en colchones, sino en el número de novias y esposas que se niegan a saludarla.

Su único error fue creer vivir en una zoociedad donde la máxima impuesta en la película Cruel Intentions: “todo el mundo lo hace, lo que pasa es que nadie habla sobre ello” era un mantra cuando la verdad habla la mejor amiga, el penúltimo con quien se acostó y la que no la conoce pero quiere estar en la palestra y comentar sobre lo que todo el mundo está hablando. Su pecado no fue ser una piñata a la que todo el mundo le da palo. Su error fue que le gustó y lo dijo. Pero a ella, eso le tiene sin cuidado. A final de cuentas, tarde o temprano, todas las putas se casan.-

Imagen: É. Manet "Olympia". 1863.

Elías sueña con vasos rotos

Desde hace bastante tiempo, Elías sueña con vasos rotos. Un mal presagio, según los entendidos en la interpretación de sueños pero Elías no lo sabe. Él no logra entender como todas las noches a golpe de cuatro, va a alguna alacena a servirse un trago y todos los vasos están resquebrajados. Una línea vertical que ondea el vaso de vidrio, como una estalagmita inoportuna. Elías tiene sed y no sabe de qué. Cuando despierta, es poco lo que quiere acordarse de aquel sueño.

Elías no piensa mucho. Lo suficiente como para saber que tiene que salir de casa a trabajar pero más allá de eso no pasa. En la oficina gris, su trabajo consiste en teclear números a un ordenador. Algo que años atrás le hubiese parecido ilógico. Hoy, sin embargo, cuando todos sus sueños se han fragmentado, es poco el interés que muestra Elías. No le importa saludar, ni hacer conversación o en, quizás, asomarse a la ventana a ver si por casualidad alguien está volando algún papagayo a lo lejos. La rutina hace tiempo que consumió a Elías. Tanto que ni se molesta en ir al baño. No le encuentra lógica a levantarse de su silla. No le ve el interés en tomar café.

El único placer que rompe con la monotonía de su vida es un sencillo cigarrillo que se fuma a media tarde al salir del trabajo. Un tubo por el cual las lentas bocanadas de humo circulante hacen que Elías pierda su mirada en el horizonte. Su único sustento para sobrevivir, la única fuente de poder que lo hace medianamente feliz. La felicidad es un concepto que se mezcló con la tristeza. Elías no llora. Elías no siente. Elías no ríe. Elías fuma y sueña con vasos rotos.

Elías camina a su casa y, al llegar, se pierde entre los cojines raídos de un sofá heredado. Allí lee algún periódico añejo una y otra vez, mientras los gatos –unos siete- se acurrucan para encontrar calor y de repente alguna migaja en la solapa gris de quien suponen es su dueño. A las ocho menos diez, Elías se levanta del sofá a ver que encuentra para sustentarse. Un cartón de leche que ha visto mejores días y una lechuga descolorida. Le da igual lo que coma o cómo se lo coma. Elías no tiene apetito ni interés en nutrirse. En algunas ocasiones ve algún programa de cocina. No por placer sino más bien por hambre. Hambre de algo que no se cocina en la olla ni se vierte en los vasos.

Tarde en la noche, cuando ya el vecindario ha apagado sus luces, Elías se da el beneficio de pensar en quien era. Cuando la vida era turquesa y el alma olía a grama. Alguna memoria de mariposas por la nieve, etéreas en su momento pero que hoy, le parecen a Elías insoportables de mantener en la visión ilusoria. Elías cae entumecido en un letargo sonoro, sin saber si mañana levantará cabeza. Elías no duerme. Elías no descansa. Pero a la mañana siguiente, los contornos de la boca llenos de mugre blanca y dos cauces salados pegados al rostro, le recuerdan a Elías que volvió a soñar con vasos rotos y se despertó gritando 'Marta'.-

Imagen: Van Gogh. "Old Man in Sorrow". 1890.

Casandra se casa

Casandra no buscaba otra cosa que la perfección a la hora de convertirse en la Señora Contreras. Deseaba para su boda una producción cinematográfica, en la que ella fuese el centro de atención de todas las miradas. Una fiesta inolvidable, en la que todos le dijesen lo radiante que lucía y lo afortunados que se sentían de haber sido convidados a ser testigos de el día más feliz de su vida. Una imagen inmaculada de la novia perfecta en su perfecto vestido. En donde nada importase sino la felicidad de ese momento. De su momento.

Para lograr el cenit de ese sueño, Casandra no había escatimado en los detalles. Había comisionado a su tía a que llamase a todos los invitados para informarles que las tonalidades de los manteles de la fiesta serían el beige y el verde manzana, con la finalidad que tomasen la precaución de no asistir luciendo esos colores y tenerlos en cuenta para no resquebrajar el esquema cromático escogido. A su propia abuela le había notificado que no estaría convidada a la fiesta. El negro impuesto por más de cinco años luego de la muerte de su segundo esposo, les recordaría a los demás sobre el luto y el dolor de la pérdida de un ser querido. Sensación que desencajaría en una noche en la que solamente la felicidad del blanco nacarado de su vestido podría ser tema de algarabía.

A Pablo le había negado su pedimento de poner a Mario como padrino pues, pensando en las fotografías, se le ocurrió que éste último, con su metro sesenta de estatura, no coordinaría bien con el metro noventa de su futuro marido y su propio metro setenta y dos en tacones. Poco importaron las protestas, los peros y las peleas. Era su matrimonio. Su noche. Caso omiso haría a la furia de Pablo cuando éste se enteró que Casandra se había peleado a muerte con Karina, la madrina, la noche que ésta le notificó que estaba embarazada. En el acto la quitó del cortejo y el habla. Era su momento de ser querida, no la de una que no había tomado las previsiones necesarias y con la cual, el centro de las miradas se dividiría en dos, ella de blanco y la otra con una bomba de barriga. Con el tiempo, convenció a Pablo que esto era lo más lógico. Nada, se antepondría ante ella. Ni siquiera un estúpido bebé.

Sus damas de honor habían sido escogidas de acuerdo a un estricto estándar de peso y estatura. Ninguna gorda se ve bien en coral, por más que se embuta adentro de un corsé y a María Silvia su prima, le había solicitado una cita con el oftalmólogo para colocarle unos lentes de contacto provisionales. Casandra no pensaba tener a una cuatro ojos desfilando por la alfombra roja en su noche mágica. Por más que María Silvia fuese ciega del ojo izquierdo. La orquesta perfectamente milimetrada, la comida divinamente escogida según sus gustos y la iluminación focalizada para darle brillo a su blanco vestido.

Casandra no esperaba más de aquel viernes en la que se convertiría finalmente en una señora casada. El cumplimiento de un sueño que había tenido desde que, sola en su cuarto, se ponía la funda de la almohada sobre la cabeza y se imaginaba novia. Princesa. Reina de todo una comarca. De ahí en adelante era su vida como la Señora de Pablo Contreras y debía celebrarlo en grande, en donde todos le dijeran que era la más bella de todas. Una novia radiante. Una desposada exquisita. Así se sintió mientras le ponían el vestido de encajes, se tomaba las fotos y embutía a su padre en el carro antiguo.

En camino a la iglesia, miró por el cristal de la ventana y sonrió. Ni la lluvia se había atrevido a asomarse sobre las nubes, so pena de un castigo histriónico. Nada ni nadie le amenazaría con irrumpir su noche a Casandra. La perfección materializada en su esbelta humanidad para formar parte de un recuerdo inalcanzable. Todo en su sitio. Todo, como ella quería. Todo, salvo una mancha acuosa de liquido salado que le brotó del ojo izquierdo cuando alguien - no recuerda quien- tocó a la ventana del auto para notificarle que Pablo, no vendría.-

Imagen: A. Toulmouche "The Reluctant Bride." 1866.

Farewell Diana: a 20 años del fin del primer reality show

Todavía recuerdo llegar a mi casa aquella noche del 31 de agosto de 1997 y correr hacia la terraza para encontrarme con mi mamá. “Prend...