Nada peor que se queme el bombillo de la lámpara en tu mesa de noche. Te
dará demasiada flojera cambiarla. A la mañana siguiente te acordarás pero dirás
que en la noche traerás el repuesto. Eso lo olvidarás completamente hasta que
te acuestas ya empijamado con un buen libro entre las sábanas y le das al botón
de la lámpara. Olvida el libro. Es demasiado tarde para hacer algo al respecto.
Pasa igual con la pasta de dientes, la afeitadora, el desodorante, y la
pila del control remoto. Por alguna razón te niegas a admitir que todos éstos consumibles
deben morir. Con una pasada o una apretada más dura insistes en sacarle un
último aire de vida. Tan solo por este momento y después lo sustituyes, pero si
colaborara en este momento el día sería perfecto.
La señal de Internet es otra que viene y va. Y cada semana te ves
obligado a resetear el router y esperar largos segundos por algo que no
entiendes cómo funciona pero que esperas que pase. Por lo menos no es la luz
donde otros se tienen que encargar. A ti en ese momento solo te queda la pila
del celular. Hasta que esta se va, sin previo aviso, porque ya los celulares se
les olvidó la cortesía del Low Bat y ahora se van directo al battery drained.
En la nevera está la jarra de agua que te niegas a llenar y en tu
escritorio unos papeles cuyo año ni te acuerdas de haber vivido. La engrapadora
no tiene grapas, al teipe no le encuentras la punta y no sabes cómo lo lograste
pero si tuvieras que admitir un talento sería el de Coleccionista de Plumas y
Bolígrafos que No Escriben Ni que Raye Cinco Circulitos en Un Papel Blanco.
Abres el closet y encuentras que escondido ahí están artefactos heridos
que siguen en la sala de espera para ser llevados al hospital. La cámara de películas
con el video del viaje aquel; la cámara de fotos que se te cayó en ese otro
viaje; y los anteojos con el lente partido. Encima del hospital cuelga esa
chaqueta que nunca te quedó; ese pantalón que usaste tanto que le falta el
botón que lo cierra; y esa camisa que es medio setentosa-exitosa que algún día te prometes valientemente poner.
Revisas gavetas y ves recortes de periódicos, artículos en revistas y
fotos, esperando ser organizados, catalogados
o sencillamente botados porque la verdad es que una “egóteca” es para
gente que ya ha vivido y no para aquellos a los que les falta vivir. Ves
diplomas que nunca se enmarcaron, medallas que en algún momento fueron
importantes y cartas, cartas, cartas de amores con las que no sabes qué hacer.
Regresas a tu cama donde está el bombillo inservible y ves que en tu
celular hay llamadas no contestadas y mensajes sin responder. Abres tu agenda y
compruebas que hiciste todo. Pero queda esto, y ah sí es verdad no hice esto, ay la
factura, mañana cobro, no mañana no puedo. Quizás lo deje para después.
Apagas el bombillo de la luz central de tu cuarto y cierras los ojos ahí
en la oscuridad. Un “te
prometo que muy pronto estaré contigo” baila por tu mente. Qué ironía, piensas mientras te hundes en la
penumbra. Jamás te has sentido tan para
después.-



