Esta mañana me dediqué a leer Los Años Después (2013) de mi amigo
Jonathan Reverón. Es un libro corto de seis historias cuyo único punto en común
es que tienen a la tragedia del deslave que ocurrió en el Estado Vargas en 1999.
“Todos ellos vivieron el deslave –dice la contraportada- pero algo más
importante ocurrió mientras la vida pasaba en la tormenta”.
Una infidelidad escondida por más de 50 años
sale a flote; alguien recuerda su primera experiencia con la muerte; una quinceañera
lee su primer libro acampando sola en un malecón; una anciana regresa a la
vida; un extranjero vuelve a la tierra de su padre; y un marido y su hija
entierran la memoria de una madre cuyo cuerpo nadie sabe dónde quedó, son las historias que utilizan
el trasfondo de Vargas para contar su historia.
Durante todo el libro en lo único que pensé fue
¿en dónde estaba yo cuando Vargas? Esa es una pregunta a la que todos los que estábamos
vivos durante esos días de diciembre tenemos una respuesta, y en consecuencia,
una historia. Eso es lo bonito de este libro. Te lleva a una fecha ciertamente
desgraciada –más de 30,000 muertos y cerca de 200,000 damnificados según los cálculos- la
cual es imposible de olvidar.
Llovió demasiado. Todavía recuerdo estar sentado
en la terraza de mi casa viendo las gotas caer y pensar: “tiene tres días
seguidos lloviendo, esto tiene que parar ya o va a pasar algo”. Así fue. Nunca
antes a mis entonces veinte años había visto yo un torrencial tan fuerte. La luz no
existía, fue de noche durante setenta y dos horas seguidas. El Sol simplemente
había hecho sus maletas. Impresiónate saber que detrás de una montaña la
tragedia causaba estragos de los cuales sabíamos por las noticias pero que en
su mayor parte ignorábamos.
Mi tragedia, sin embargo, sucedió encima de esa
montaña, allá arriba en Galipán.
Cuatro años antes mi papá se había enamorado de
un ranchito arriba en el Cerro Ávila. Eran cuatro paredes blancas y un techo de
zinc y para él eso era el paraíso. Decía que no había visto cosa más bella
que esa casa y su vista. Con el esfuerzo del mundo se la compró y poco a poco
se puso a arreglarla con José Ramón, el que cuidaba el terreno. A ellos se les unió una tía mía
que le compró una parte porque no podía de la envidia, y juntos se pusieron a jugar
casita y a convertir el ranchito en la casa más fuerte de los Tres Cochinitos.
Más de un año estuvimos con nuestros amigos
galipaneros arreglando la casa para darle un techo de ladrillos y construirle
una chimenea para pasar mejor las noches frías. Todos opinaban sobre qué tipo
de piedras deberían ponérsele, qué matica había que sembrar, y que si se podaba
un poquitico este árbol se le podía meter una pajarera cheverísima pero qué
lastima con el árbol, entonces mejor como que no. José Ramón era el director de la
gran obra. Sin hacer uso de su Jeep azul, todas las mañanas subía a pie desde su casita que quedaba en una colina
justo debajo de la de mi papá a supervisar que todo marchase como queríamos.
La casa estuvo lista en diciembre. El 15 organizamos una gran fiesta en familia para celebrar que la casita soñada
estaba terminada. Pero a último minuto la suspendimos cuando las grandes nubes
taparon al Cerro desde Caracas, indicativo de que arriba seguro había mal
tiempo.
Todavía recuerdo como bajaban a los heridos mientras prestaba ayuda en el centro de
acopio instalado en el Teleférico. No llegaban en los
funiculares de siempre sino en simples cajitas rojas guindadas por guayas. Arriba, nos contaban,
todo se había perdido. Piscinas completas de lodo habían creado torrenciales olas,
llevándose todo lo que a la
Naturaleza no había pertenecido. El terreno de mi casa
desplomado. La casa de José Ramón, él, y toda su familia… desaparecida.

No llegaría a subir a la casa sino hasta febrero
del año después. Cuando ya las carreteras de la montaña habían sido lo
suficientemente barridas como para permitir el paso de los carros y poder
abrazar a quienes solamente por alguna milagrosa señal de teléfono su dolor habíamos compartido. El
ranchito convertido en casa que mi papá había querido no se cayó. Pero todo lo
demás estaba destruido. Todo, menos la comunidad de galipaneros que con tesón y
aplomo se volvieron, y ahí me incluyo, a reconstruir. Porque eso es lo que hace el Hombre, como bien lo hacen Daniel y Matilde, los personajes en el último cuento de Jonathan, "Los Derroteros del Tiempo" en Los Años Después. Cuando
una tragedia nos azota, no queda más que aprender, comprender, recoger y
comenzar de nuevo.
Las flores salieron de nuevo en Galipán tiempo después, las
violetas, rosas, girasoles y azucenas. Los eucaliptos colmaron la montaña de
olores, mientras que los turistas volvieron a comprar las fresas y duraznos que
allá se ofrecen. El Mar Caribe volvió a mostrarse tranquilo y la vida adquirió cierta
normalidad. Y como el resto de los hogares galipaneros, la casita de mi papá cobró
vida. Celebré mis mejores tardes con
amigos en esa casa, ahí se anunciaron compromisos, nacimientos, amores y desamores. Y
cuando se casó mi hermana allá, no hubo nadie en el pueblo de Galipán que no se
acercara a pegar una florecita, mover una pimpina, barrer un caminito o simplemente
dar las buenas nuevas. La tierra crece. La vida sigue. Nadie olvida.
Aún hoy, cuando ya la casa es de otros, vendida
ante el temor de expropiaciones, todavía recuerdo lo que era sentarse sobre la baranda y ver los años
que se tardó el Ávila en reforestarse. Había baches en sus paredes que parecían
pistas de esquí desiertas. En la colina debajo de la casa, el terreno nivelado,
como si la casita de José Ramón el capataz jamás hubiera existido. La punta del
capó de un Jeep azul sin dueño, lentamente saliendo de la tierra pidiendo luz,
queriendo sol, como una flor de no me olvides. ¿Pero cómo olvidar?
La tierra crece. La vida sigue. Nadie olvida. Ni
siquiera en Los Años Después.-
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| Años Después |