Esto
puede venir de sorpresa para algunos, pero hubo una época donde las
computadoras no venían con Internet. Se llamó los años ochenta. Eran tiempos
donde la Macintosh
se ponía en la sala de la casa, porque así de importante era. Fueron momentos
donde Google se le conocía por su nombre completo, Enciclopedia Barsa, Tomos I
al XVI. Ni un solo niño de los ochenta pensaba que con el dedo podía mover
cosas como lo hacen hoy los infantes que juegan con el iPad. Nosotros solo apuntábamos
con el dedo para decir: “E.T. phone home”.
Hasta
los comerciales de la época nos ayudaron a imaginar. ¿Qué niño de los ochenta
no quiso en su casa una poceta con trastorno obsesivo compulsivo por su limpieza?
¿Irse a la playa con la Jarrota
del Sabor, de picnic con hormiguitas terroristas o jugar al futbol con un
tigre? En los ochenta, una niña antojada podía salir sola a la calle para
buscar un jamón y aquí jamás se habló de socialismo hasta que llegó mi Moncler,
un jabón que dura y dura para toda la familia.
Pero
nada hizo más por los niños de los años ochenta como Venezolana de Televisión.
Las tardes en VTV eran sagradas. La tarea podía estar medio terminada, los
muñecos de He-Man regados por el suelo, y el uniforme escolar todavía pegado al
cuerpo por el sudor de una tarde de juegos y eso no importaba. Venezolana de
Televisión tenía a Punky Brewster y a Vicky la Robot. Pero lo mejor de todo es
que Venezolana de Televisión tenía al Tío Simón.
Para
un niño de los ochenta, el programa Contesta Por Tío Simón era el non plus
ultra del día. Uno quería ser como Chusmita, ser pana de Coquito, sentarse en
la cantina del colegio con Teresita y obvio que crecer para casarse con Zurima.
En Contesta Por Tío Simón, el que no
tenía acceso a un cuatro, allí aprendió a tocarlo; el que no se sabía una
canción folclórica, allí aprendió a cantarla. Y el que estaba ávido de una
noticia importante esperaba la hora del Notichamo donde pasaban noticias
grandes para gente chiquita. Las “Breaking News” de hoy en día podrán tener alarmas
y pitos. En Notichamo solo bastaban las crinejas alzadas de Teresita.
El
cariño que un niño de los ochenta le tenía a ese programa era por Simón Díaz. Él
fue para todos verdaderamente un tío, donde encender la televisión para ver el
programa significaba llegar a casa de tu familia. Jamás un niño aprendió tanto
sobre música, ecología y valores familiares como lo hizo con el Tío. Hoy en día
cualquiera se gasta sus quince minutos de fama en un reality show. Un niño de
los ochenta en Venezuela se los hubiera gastado con gusto yendo a intercambiar
su china en Contesta Por Tío Simón.
Simón
Díaz siempre fue una persona que te recordó lo chévere que era ser niño. Mejor,
lo chévere que era ser un niño venezolano. Con él crecimos los niños de los
años ochenta y buena parte de quienes somos se la debemos a este gran hombre
que el 19 de febrero de 2014 apagó su vela.
Venezolana
de Televisión, hogar donde crecimos con él, hace mucho que dejó de ser un lugar
de encuentro para niños. El espacio que ocupó Contesta Por Tío Simón ahora es
utilizado por un hombre que cae y corre y cuya idea de valor de contenido es
pinchar teléfonos, denunciar golpes de Estado ficticios y enfrentar a sobrinos
con tíos. Todo niño de los ochenta sabe que por ahí no es el camino, pues un
sobrino criado por Tío Simón sabe que las chinas solo se intercambian por
pelotas y no por cuentos chinos.
Y
ese es el mayor agradecimiento que un niño de los años ochenta le pueda tener a
la televisión que le mostró el gran Simón Díaz.
Un
abrazo Tío Simón. Siempre contestaremos por usted. Le cuidamos a La
Mariposa.

