Tenía tiempo sin ir al cine. Aprovechando que mis hermanos no habían visto
El Gran Gatsby, y que yo tengo tiempo sin ver a mis hermanos, compré tres
entradas en el VIP del CINEX del Centro Comercial San Ignacio. 350 Bolívares la gracia, cosa que
aún me parece insólita pero por lo menos sabía que me iba a garantizar sillitas
tipo avión de primera clase, aire acondicionado en grado antártico y poca gente
en la sala que revisa su celular a toda hora y molesta a los demás con el
brillo.
Llegamos temprano para comer, y la poca opción de locales gastronómicos nos
llevó como siempre a La Romanissima, donde cada vez son peores sus pizzas. Ahí
sentado, vi como una especie de atracción infantil aparatosa está puesta sobre
lo que antes era Li Bar. Otro bar de la ciudad que cerró sus puertas. Arriba de
nosotros, Le Club quien este sábado también baja la santamaría para mudarse a
otra locación al no poder soportar los precios de alquiler.
La vida nocturna ha cambiado en Caracas. Sentado ahí con mi pizza infame
no pude dejar de pensar que la mayoría de tiendas que hoy venden hornos,
bisutería y neveras, algún día vendieron trago, romance y noche. Siempre fue
insólita la idea de rumbear en un centro comercial, pero a eso nos adaptamos
los caraqueños. Y ahora ni eso existe. En el San Ignacio solo quedan algunas
pocas cervecerías, y Suka, eternamente Suka.
El cine parecería ser una opción nocturna buena, bonita y barata pero
tampoco ha escapado del deterioro. En la sala VIP de CINEX hay una taquilla
para retirar tus entradas, pero ahí no hay nadie que te atienda. Tienes que ir
a la taquilla normal para buscarlas. No es un camino largo, pero es ilógico,
considerando que la sala VIP tiene un acceso distinto al cine normal.
Afuera de la sala VIP de CINEX, no queda nada que diga VIP. Un concepto
banal, pero que antes por lo menos sentías que estabas en un lugar diferente.
Los muebles de espera han desaparecido y en su lugar hay unas sillas de
plástico tipo feria de comida. El baño tiene un cartelón que dice “dañado” en
sus urinarios, y en el bar hay otro que dice “solo efectivo”.
Dos botellas de whisky Buchanans yacen en un mostrador vacío. Están ahí
nadie sabe por qué. A fin de cuentas, pides agua y te dicen: “no hay agua”. Todavía
te llevan las cotufas hasta tu butaca, pero la era de la cortesía de una
miserable cotufa se perdió. Aquí todo cuesta. Hasta el aire acondicionado que
no hay.
Los acomodadores de la sala son amables. Por lo menos a la señorita a la
que me encuentro cuando me veo obligado a salir para decirle que si por favor
le puede decir al encargado que el foco de la película está mal y que nadie
puede ver nada, hace algo por solucionar mi descontento. Me siento en mi silla
de nuevo. Otras tres personas se han levantado de sus sillas para quejarse. Y
eso es lo que me da más rabia: de 48 personas que llenábamos la capacidad del
cine, solo cuatro nos levantamos a quejarnos.
Nos acostumbramos al deterioro. Ese es el final de la película.
Quejarme no sirve de nada. A fin de cuentas, he descubierto que las
personas que más dicen: “estamos como estamos en esta anarquía porque nadie
hace nada por solucionarla” es la que más compra películas piratas. Pero cuando
las experiencias y el entretenimiento son cada vez más escasos y cada vez más difíciles
de conseguir, siento que debo escribir sobre estas cosas. Y capaz CINEX me lee.
Así que con esto en mente la única solución que se me ocurre es: ME
OFREZCO EN EMPLEO.
Señor de 33 años, graduado en dos carreras universitarias, calvo pero no
lo suficiente como para que mi cabeza sea una pantalla de cine. Apasionado de
la experiencia nocturna de esparcimiento cultural (léase ir al cine) y de comer cotufas. Quejón
perenne de la práctica de comprar películas piratas (aunque confieso lo hago)
porque siente que las películas deben verse en un cine que ofrezca: sillas
cómodas, aire acondicionado, caramelerías surtidas (donde no digan: "solo
efectivo" porque nadie tiene efectivo), sonido digital y oscuridad decente para
apreciar las imágenes.
Se ofrece a: buscar agua en Farmatodo si no hay agua para la función de
esa noche y después pasar recibo en la oficina. Abrir la puerta a revisar la
entrada de cada quien y llevarlo hasta su silla diciéndole que la película que
van a ver fue estrenada fuera de competencia en Cannes o quedarse callado porque
comprende que hay gente que detesta a un sabiondo. Quedarse adentro de la sala los
primeros diez minutos para corroborar que la película esté enfocada, que el
aire acondicionado esté a una temperatura donde no haya que buscar cobijas
contra la hipotermia y mandar a botar a la insegura que no puede estar sentada
dos horas sin revisar su celular cada cinco minutos. También se ofrece a sentarse en sillas para comprobar que todas
funcionen y que no tenga que venir alguien a comprar una que necesita reparación.
Si hay que barrer, pues barre. Lo VIP no quita lo pulcro.
Un plus, seleccionar temas mensuales o específicos para la película a
ser proyectada para el bar VIP. Ordenar a que se preparen cocteles inspirados
en Superman o en Bolívar. O quizpas pedir un sushi en caso de un reestreno tipo Memorias
de una Geisha o lo que sea que actúe Ken Watanabe esta temporada. Revisar los fun facts
que a veces ponen antes que comience la película los cuales francamente son
terribles y deberían ser trivialidades sobre la película que se va a ver sin dar spoilers. Por ejemplo, reseñar la
colaboración de Tiffanys y Miuccia Prada en El
Gran Gatsby; nombrar los actores considerados para los papeles principales;
etc. Esto no solo complementa la experiencia, también brinda un pequeño mini
foro previo a lo que se va a ver.
También se ofrece para dar charlas sobre festivales, pasar proyecciones
especiales de películas que todo el mundo debe ver antes de morir en horarios
que no interfieran con la programación normal. (Ojo: en la temporada del Oscar,
traigo mi propia alfombra roja). Y si tiene que contratar escoltas y poner
conos o vestirse de esmoquin y ser James Bond para que se vuelva a abrir el
cine de medianoche que tanta falta hace, pues con el mayor de los gustos.
Referencias disponibles previa petición. Pero la más importante es que
soy enemigo del deterioro. Porque yo sí me creo el cuento que en el cine, el
espectador es la estrella de la película.-