Nunca he contado en el blog mis historias sobre el viaje que hice a Europa Oriental en mayo pasado. Las guardo para ver si me siento un día de estos a desarrollarlas en algo más. Este extracto lo escribí para la edición que salió en la revista Climax del viernes y me pareció bueno compartirlo.
| La entrada de Auschwitz con su famoso letrero. Es un sitio de silencio absoluto |
Son las nueve de la mañana de un martes. Afuera hacen once grados centígrados de temperatura pero se sienten como cinco. Ser del trópico significa jamás saber hacer una maleta con ropa adecuada. Estoy en la mitad de lo que he catalogado mi tour de quinceañeros por ciudades ex-comunistas. El brochure decía “Europa Oriental” pero cuando pasas por Budapest, Bratislava, Cracovia y Varsovia, sabes que el tour implica un puñal histórico sobre la II Guerra Mundial.
Hoy estoy en Polonia, concretamente en el pueblo de Oświęcim. Su nombre no significa mucho para el resto del mundo salvo cuando se le llama por su nombre en alemán: Auschwitz. Ahí cambia todo. Es la cuna del horror, la vergüenza mundial causada por los Nazis, quienes entre 1940 y 1945 aniquilaron a cerca de 1.5 millones de personas en los tres campos de concentración que en esa población construyeron.
Llegar hacia Auschwitz es quizás la experiencia más surrealista del mundo. Los libros de Historia jamás te dicen que los campos quedan dentro de una ciudad. Uno solo se imagina que va a estar ahí y ya. Pero la carretera que te lleva a Auschwitz pasa por un pueblo lleno de casas, ensambladoras, iglesias y, porque la vida es irónica, un Kentucky Fried Chicken. Nadie quiso vivir ahí después de la guerra, pero la tierra era tan barata que se levantó una civilización.
El centro administrativo de todo el complejo, Auschwitz I, parece una aldea sacada de Harry Potter. Las casas de ladrillo oscuro de dos pisos estás espaciadas por una vereda de tierra. No hay más peligro allí pero el silencio es aterrador. Sobre todo cuando paso por debajo del famoso letrero Arbeit macht frei (el trabajo te hará libre). Son demasiados los testimonios como para olvidar momentáneamente que por ahí pasó demasiada gente. Son sus historias lo que hacen de este sitio un horror.
Adentro de las casas es peor. Las camas son de tres niveles donde obligaban a las personas a dormir dos y hasta tres por cama y los lavatorios no son suficientes para la capacidad. Los suelos rojos te llevan a través de corredores de donde cuelgan fotografías de centenares de reclusos. Todos tienen la fecha en la que entraron al campo, su fecha de muerte siendo cuestión de semanas después. La guía cuenta que 680 bebés nacieron allí. Solamente 46 salieron vivos.
| Auschwitz-Birkenau. En el medio (no se ve) una fila completa de letrinas. Los Nazis contaban hasta cinco. |
Exhibidos están 40 kilos de anteojos y maletas que no encontraron otro destino que el saqueo. En un ventanal hay ollas azules que no vieron fogón; en otro 1954 kilos de pelo humano utilizado para hacer telas. Las cárceles del sótano –algunas para estar de pie- y los crematorios provocan nauseas. Pero no es hasta que veo un corredor de ventanales aglomerado de zapatos donde me doy cuenta de verdad que aquí murieron demasiados como para que la Humanidad los olvide.
Hay que ir a Auschwitz una vez en la vida. Es una peregrinación de introspección que no causa lástima sino indignación. No es tanto el pesar que te deja sino el aprendizaje. Sobre las personas que podríamos llegar a ser si no tomamos en cuenta los derechos humanos de los demás. Poco a poco los afortunados que fueron liberados fallecen como consecuencia de su vejez. Es tarea de la Humanidad nutrirse de su legado y narrar sus historias. Para que nunca más suframos el horror que a algunos por desgracia les tocó vivir.-





