El lunes pasado perdí mi
celular. Estaba en el bar de Favola en una fiesta, me dio calor y me pareció
lógico quitarme la chaqueta y dejarla sobre un piano. En mi casa no hay piano
así que esa movida me pareció novelera. El problema es que mi celular estaba en
el bolsillo de la chaqueta. A otra persona también le pareció novelero sacar el
celular y llevárselo a su casa.
Al día siguiente volví al
bar para reportar el hurto (no lo llamo robo porque después de catorce
años de inseguridad, dejar tus pertenencias rueda libre es de amateur) y me
atendieron de maravilla, pero igual di el aparato por perdido. Lo mejor es que
no me importó. Perder el celular en ese momento fue lo mejor que me habría
podido pasar.
Recuerdo que sentí un absoluto estado de
liberación y rebeldía. Ese día yo tenía siete entregas, tres reuniones, dos
entrevistas, un interés romántico que atender y un agente de cobranzas persiguiéndome.
El no poder ser contactado por nadie porque vivimos en una era en la
que si te sabes el celular de tu mamá debes considerarte afortunado, fue como quedarte
solo en la isla de Tom Hanks. A Tom Hanks le pareció una ñoña quedarse Cast
Away. A mí me pareció lo máximo quedarme Cell-Phone Away.
De todas maneras debía
perder el celular. Lo mío era un BlackBerry cuya rueda dejó de funcionar hace
tres meses. Para escribir en Twitter debía meter el pulgar adentro de mi camisa
y sobar las teclas para poder tuitear. Solo podía hablar por cuatro minutos
cuarenta y tres segundos porque el celular se reseteaba y la cámara ya me
decía: “No es que te falte memoria, es que en serio me da flojera tomarle una
foto a una paloma persiguiendo un Cheez-Tris”.
Y es cierto, por un lado me
puse a pensar que ya no tenía el teléfono de tal persona que en su vida me lo
iba a volver a dar, o el pin de tal modelo que cambiaba de foto cada cinco
minutos y eso era como un calendario Polar. Por otro, estaba la foto aquella donde estoy montado encima de la estatua esa, y de esa donde salgo abrazado en esa
fiesta que fue lo máximo. Pero como yo lo veo, no he ido a imprimir una foto desde el
año 2009. El que se quedó con mi celular que se goce mis selfies y mis momentos
estrella. Si es que puede dominar la técnica de meter el dedo pulgar adentro de
la camisa para hacer rodar las ruedas.
Al superar mi momento de
liberación, decidí que debía embarcarme como Pi en su bote e ir hacia la civilización. Me fui
a comprar un celular. Nuevamente soy el esclavo de un aparato el cual está condenado a vivir
en el bolsillo trasero de mi pantalón. No me siento triste por su condena. A fin de cuentas, éste se venga sonando cada cinco
segundos con piticos, timbrecitos y cohetones para decirme que tengo un nuevo
mensaje. Con los contactos, llegan los que de verdad importan y uno que otro random. Los mensajes anónimos tipo: “¡Toto! ¿Qué más? Salgamos esta
noche!”, siempre se responden con: “De bolas, sí qué buen plan. Por cierto, ¿quién es?”
Pero tener un nuevo celular también conlleva a la crítica. Perder un teléfono es una tragedia, pero comprarse el
celular que NO es, es peor. No importa que por fin me haya divorciado de la
compañía BlackBerry (que por cierto, amé y fui fan. LQQJ siempre pero en mi
país no te hay blasberies). Tampoco que por primera vez tengo Instagram
en mi celular. La crítica viene porque mi teléfono es más chiquito y me lo he
debido comprar estándar, que no tiene flash y eso es como de Pedro Picapiedra,
que no tiene para activar no sé qué aplicación en no sé dónde porque
aparentemente eso es importantísimo y no soy nadie sin eso.
Total es que no la pegué con el aparato
pero no me importa. Por lo menos no fui el insoportable ese que puso en todas
sus redes sociales: “ME ROBARON EL CELULAR. POR FAVOR ELIMINARME… RECUPERÉ EL
CELULAR… NO MÁS PIN, SOLO WHATSAPP FAVOR AGREGARME”. Lo mío no fue un robo, fue
un hurto que me dio liberación. Muchas gracias al que se lo llevó encima del
piano. Eres un cursi porque hurtar un celular de esa forma es de Raúl Amundaray. Pero te quiero. Estoy en los contactos bajo "Toto" (porque nunca me acuerdo de cuál es mi número telefónico). Cuando te provoque, nos tomamos un whisky.