Me confieso fanático
de las entregas de premios. El solo ver que una persona recibe una distinción
de parte de otra, ya sea un trofeo, una medalla, o un vale para una merengada
en Migas, me emociona. Vivimos en un mundo tan lleno de malas noticias que cuando
alguien sube a un podio a aceptar su triunfo yo aplaudo. A menos que le den un
premio a Taylor Swift. Ahí solo bostezo.
No he logrado
encontrar el punto exacto en la historia cuando los humanos comenzamos a darles
premios a otros. Mi apuesta es que surgieron por accidente. Seguro un
cavernícola entró en una cueva con un conejo despellejado al hombro y se
encontró con que su esposa había dado a luz a un nuevo cavernicolito. Lo que el
hombre pensaba iba a ser su almuerzo la mujer lo tomó como su nueva pañalera de
conejo.
Ha debido surgir así,
por accidente, pues el homo sapiens es egoísta por naturaleza. Y el que dice
que no es el pobre pendejo que se pasa toda la noche muerto de hambre porque le
da pena agarrarse el último tequeño de la bandeja. Pero no se ve bien decir que
somos egoístas por lo cual mi otra teoría para entregar premios es que a los
egoístas encubiertos nos encanta un bonche. Así que organizar una ceremonia de
premios era el próximo paso.
Me molesta la falsa
humildad de un actor cuando en una ceremonia de premios se levanta a recibir su
Golden Globe y dice: “Guao, en serio no me lo esperaba”. Hombre, no niegues tu
egoísmo. ¡Claro que te lo esperabas! Has esperado este momento desde que lo
practicabas con una botella de champú frente al espejo. Lo que no te esperabas
es que iba a haber tanto alcohol en la ceremonia de premios.
La teoría del bonche
es válida hasta para las ceremonias de premios donde no hay alcohol. Tomemos
los Oscar. Lo que quizás comenzó como una fiesta atómica en casa de los
Fairbanks en los años veinte, probablemente se convirtió en: “¿Se acuerdan el
año pasado en casa de los Fairbanks cuando la señora se volvió como loca y
comenzó a repartir esculturas? ¡Vámonos otra vez para su casa a ver si lo
repite!” Por eso es que ya no hay caña en la entrega de los Oscar. Hubo que
poner orden en la pea para prevenir el saqueo de los egoístas.
¿Y por qué me deleito
por una entrega de premios cuando la premisa está basada en que surgieron para ocultar
nuestro egoísmo? Pues por la egoísta de Meryl Streep. ¡Sacrilegio, muchacho!
¿Cómo vas a decir que nuestra Santa Meryl Gregoria de Las Mercedes Streep es
una egoísta? Porque lo es.
Con 18 nominaciones
al Oscar, Meryl Streep ha ganado tres veces y perdido en quince. ¿Puede ser mejor actriz perdiendo, por Dios? Cuando pierde,
Meryl sonríe como la cuarta finalista del Miss Universo soñaría en hacerlo.
Aunque se merezca el premio, jamás sabremos si a La Streep le provocaría subir
al escenario a caerle a arañazos a la que le arrebató el Oscar. Y por eso es
egoísta. Porque nos priva de un momento Trending Topic al enseñarnos cómo debe
comportarse un perdedor.
¡Y cómo quisiéramos los egoístas que hubiera
una trifulca entre actrices en vivo! “¡Mío, ese premio era mío!” O que Alemania
le tumbara la Copa del Mundo a Brasil. “Das trophae ist mein!“ O que la primera finalista le
arrebatara la corona a la Miss Mundo. “Dame
acá… ¡Suelta! ¡Suelta! ¿Pero mijita cuánta laca te pusiste tú en esa cabeza?”
¿Admitiríamos públicamente
que nos gozamos su comportamiento? No. Gracias a Meryl Streep los egoístas tenemos
que ser moralistas con el fair play. Hasta
el día que en verdad se entarime y ahí gritaremos: “¡Es una de nosotros! “Y
solo ahí sabremos que nos habremos expuesto los egoístas que dan premios para aparentar no serlo.-






